Las carreteras de América Latina

Las carreteras de América Latina son un cuento surrealista. Una promesa continua, la alucinación de un borracho a la madrugada. El sueño de una noche a principios de la temporada de lluvias. La pesadilla que no concede tregua de los que no saben cómo se llega hasta mañana.
De momento, estoy recorriendo las carreteras de Costa Rica, con todas sus contradicciones de rutas de un país que presume ser la Suiza de Centro
América y, después de las 10 de la tarde, tira a la calle su “basura”. Los equivocados. Los que no viven de acuerdo al sueño americano y que ya perdieron su apuesta con la vida.
Poco lejos de donde yo, en las carreteras de México, miles de personas arriesgan sus vidas para buscar un mundo mejor en un “más allá” indefinido.
Hacinados como pollos en camionetas, cruzan fronteras que muchas veces, demasiadas veces, se vuelven también en el lugar de su descanso eterno.
Hace pocos días las nuevas desde Arizona. Ya que desde la frontera mexicana siguen pasando desesperados que buscan fortuna a cambio de sus brazos (y, por qué no, de sus almas, si es el caso), unos cuantos honestos ciudadanos de Arizona han pedido de obtener armas de parte del ejército, cursos de entrenamiento y ahora…allí van “ejército anti-migrante” con autorización a disparar emitida por el gobierno de Estados Unidos. Obvio…disparar balas de goma, pues…Y pueden hasta meter presos a los migrantes.
Diría que se trata del primer grupo paramilitar legalizado.
Ah, como duele mi pobre México…Las carreteras de México, la inmensa plaza central de su capital, invadida por más de 300.000 personas que protestan en contra del desafuero de su alcalde López Obrador, ya que, al parecer, la gente le quiere.
Quizás, lo quieran hasta demasiado y, como amenazaba seriamente de ganar la próximas presidenciales en contra de Fox (el ex presidente de Coca Cola, amigo fraternal de Bush), se ha pensado de quitarle la posibilidad con pretextos formales. Un nuevo presidente de izquierda no le gusta al vecino: Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua…el viento de Sur América ha estorbado al norte, que ha invitado a los aliados de saco y corbata a tomar medidas adecuadas.
Personalmente, no me importa que López Obrador fuera de derecha, izquierda, centro o en tridimensional. Lo que sí me importa es que estaba ayudando a su gente. La misma gente que cada día vive en las carreteras caóticas y extrañas, increíbles en su polvo mágico de ciudad de México. Las mismas carreteras donde se estaba intentando implementas a políticas sociales que sacaran de la miseria a mujeres, hombres y niños. Sobretodo niños.
Por haber decidido de intentar la vía del estado social le han tachado de “populista” y lo han alejado con maneras de dudosa legalidad.
¿Queréis saber qué pasa por otro lado en las carreteras de ciudad de Guatemala, donde de políticas sociales no hay ni la sobra? Pues, en las carreteras de ciudad de Guatemala, se sigue muriendo. Sobretodo a los 10, 14 o 18 años. Sin que nadie levante ni un dedo. Porque, en el fondo, no da pena si muere un “niño de la calle”. Se considera como una limpieza social necesaria.
En las carreteras de ciudad de Guatemala hay como menos 10,000 niños y niñas y adolescentes que nunca han logrado conocer a un perímetro diferente al de la Zona 1. La zona del mercado central, la zona donde se vive de expedientes, donde se inventa como llegar hasta la noche y, si no se encuentra manera, se trata de borrarse inhalando pegamentos hasta olvidarse que mañana la pesadilla volverá a empezar.
Los niños de la calle son muertos que caminan. Y lo saben. Se tatúan tres puntitos: hospital, comisaría y…cementerio.
Esto es el desconcertante segundo perímetro en el cual se circunscriben sus existencias.
Y nadie hace nada para que puedan salir de aquellos espacios angostos. O, peor, si alguien decide actuar…los envía directamente al otro mundo, en el más largo y definitivo de los viajes.
Sin mucho ruido. Sin conmoción. No hay masas oceánicas para despedirse del cadáver.
Nada de nada, pues.
De los 250 homicidios de los niños de la calle del año pasado… ningún responsable ha sido individuado, procesado o metido a la cárcel.
Odio hablar por números.
Pero, algunas veces, es necesario.
250 niños y niñas muertos durante el año pasado.
Esta práctica sigue impune desde 1990.
El promedio es de 300 muertos cada año.
En matemática no soy tan buena, pero se me hace que la multiplicación no es tan complicada…
Podría contaros del joven Edgar, de que yo he seguido el caso.
Nacido, crecido (es un decir, ya que las condiciones de desnutrición que ha padecido no le han dejado nunca rebasar los 150 centímetros) y llegado hasta los 18 años en la Zona 1 de ciudad de Guatemala. Únicos compañeros, otros desesperados como él.
Una tarde en que él y sus compañeros habían sido demasiado desafortunados y no habían encontrado ni comida ni egamento para engañar al estomago que ya estaba pegando gritos, han decidido robarle la billetera a un pasante. Mala decisión. El hombre, militar, llevaba consigo una Smith and Wesson 38 milímetros. Dos disparos y Edgar ha dicho adiós para siempre a la zona 1.
Adiós a la existencia arrastrada de sus precedentes 18 años de vida.
Personalmente, estos son los casos donde espero que exista de verdad una segunda vida y que sea mejor del mundo al revés en que vivimos.
Podría deciros que quien le ha disparado a Edgar no ha pasado ni un entero día en prisión y, desde cuando Edgar fue matado han transcurrido más de 11
años…
Pero me sentiría honestamente en culpa hacia Edwin Antonio, José Reyes, Nicolás Ruiz… tengo aquí delante de mí sus fotos. Y no es un espectáculo bonito. Son fotos que no deberían existir.
Fotos de niños destrozados. Que ya no tienen nada de humano. Matados con crueldad y luego dejados hasta horas … en la carretera, como si se sospechara que irse de su hábitat natural de toda la vida sería demasiado
duro.
Tengo delante de mí los ojos abiertos para siempre de estos niños. A veces las órbitas vacías para los impactos de las balas.
No es sólo Edgar. Son decenas.
Decenas de almas apenadas de las carreteras de América Latina y, aún si esta noche yo me marchara de la oficina después de las 11, de todas maneras no podría ayudarle a todos.
No sé qué tanto sirva que yo haga condenar a Guatemala por lo que le hicieron a Edgar. Sé que intento y espero que la sentencia sea dura.
Pero ningún monto de dinero, ninguna placa conmemorativa ni escuela puesta a su nombre borrarán su sombra ni su sangre de las carreteras de Guatemala.
Se necesitan políticas sociales. Se necesita que se reconozca que su vida, la de Villagrán, José, Carlos…tienen un valor.
Tienen que ser preservadas. Hay que hacerles posible la salida de las fronteras que les imponen la pobreza, la humillación, la injusticia.
A lo mejor es populista. Pero es un sueño al que creo yo, así como estos niños, así como todos nosotros…tenemos derecho. Porque es un sueño que sabe bien.
Sabe a un mañana en que las carreteras de América Latina sean sencillamente el medio para desplazarse de un lugar a otro, sumergidos en los colores, los perfumes en el ritmo y en la vida.
Un largo hilo de asfalto que no se cruza con realidades ilógicas que imponen la muerte a quienes no han tenido ni la oportunidad de pensar en construirse una vida.