Khurram
no duerme por las noches
Bangkok, de noche.
Una entre las muchas noches afosas y prisioneras de la humedad tropical.
Una entre las muchas noches de silencio después de la tormenta
impresionante
del monsón que está empezando y que ha iluminado a la
ciudad casi como si fuera de día con relámpagos que cruzan
todo el cielo.
A veces, en Bangkok, es imposible dormirse, en noches así.
Porque el silencio, no es silencio de verdad.
Se amontonan pensamientos indeseados en la mente. Se escuchan ruidos
que la oscuridad no logra callar.
Son las noches en que se pueden escuchar los recuerdos, las esperanzas,
los miedos que la luz del día demasiadas veces esconde.
Es durante una de estas noches que mi insomnio forzoso y deseoso de
un cualquier soplo de aire, intercepta a un ruido insólito.
Repetitivo. Rítmico. Teck, teck, teck.
En un primer momento pienso que, como en el más clásico
de los casos de insomnio que se ve en las caricaturas o en las viejas
películas en blanco y negro, sea un viejo grifo que pierde. Quizás
es el calor impresionante que
me hace pensar en el agua.
Pero pronto me doy cuenta de que no es un ruido natural.
Teck, teck, teck.
Fastidio. Para un ritmo tan continuo, monótono, martillante.
Fastidio que, poco a poco, viene sustituido por una sensación
de familiaridad, como para una nena que te arrulla desde tu primera
noche de vida.
Es definitivamente uno entre aquellos ruidos que tienen una historia
que contar, si es que tú quieres escucharla.
Para oírla, tan sólo tienes que sintonizar tus oídos
y tu alma en una frecuencia diferente. Y dejar que los recuerdos fluyan.
Bangkok, afuera, desaparece.
Teck, teck, teck.
Ya no hay más calor. Ya no son finales de mayo.
Empieza a soplar una brisa fresca de abril, mientras la nieve se deshace
en un paisaje de una hermosura única, en un país que,
hasta ahora, existe sólo en el sueño y en la pasión
de sus habitantes.
Cachemira.
Hoy, Cachemira, no existe.
No importa que los que viven en este pedazo de tierra grande dos veces
Holanda se definan Kashmiri, hablen su propio idioma y tengan
su propia bandera.
Desde hace siglos, con las buenas o, mucho más frecuentemente,
con la más brutal entre las represiones, India, Pakistán
y China siguen reiterando que
Cachemira no existe.
Siguen negando y reprimiendo entre asesinados y desapariciones forzadas
de personas (8.000 documentadas durante los últimos 3 años)
el sueño de
centeneras de miles de hombres y mujeres.
Un sueño sencillo, pero entre los que paradójicamente
cuestan la vida: tener una patria.
Una patria libre e independiente, donde poder caminar sin arriesgar
de estallar sobre una entre las numerosísimas minas anti- hombre.
Minas anti-hombre, que, por mucho que sean terriblemente inteligentes
a la hora de
golpear invariablemente a los más debiles e indefensos de la
sociedad, ya se confunden entre las del ejército y de los rebeldes.
Teck, teck, teck.
Cachemira tiene una historia de dolor.
Cachemira está habitado por hombres y mujeres orgullosos. Indómitos.
Que no se olvidan el hecho de que un día, la colonia británica,
literalmente, los vendió a un precio ridículo.
Pero sus sueños no tienen precio y, por eso, siguen luchando.
Quienes con un arma en las manos porque decidieron que ya se cansaron
de sufrir sin defenderse y quienes son la sola fuerza de sus palabras.
Teck, teck, teck.
Khurram tiene 27 años. Tiene un sueño, compartido con
sus compatriotas, que es él de un Cachemira libre e independiente.
Khurram, pese a que desde pequeño, debido a su natural actitud
de líder muchos hayan tratado de meterle entre las manos un fusil
para llevar a la masacre a pobres soñadores exasperados, ha decidido
tomar entre las manos
sólo un lápiz y una tele cámara.
Es un periodista en una tierra donde la libertad de palabra y de expresión
espantan mucho más que el hielo del invierno. Es un periodista
y reportero, cuando no está en las clases, en Europa, Cachemira
e India, explicando a los alumnos qué es el derecho a la autodeterminación.
El derecho a tener una
tierra, una nación. A poder hablar su propio idioma sin ser castigados
por ello.
Teck, teck, teck.
La policía no quiere mucho a Khurram. Menos el ejército.
Pero nadie le dispararía en pleno día, públicamente.
Lo hacen con muchos otros, desconocidos mártires del Cachemira
libre que vendrá. Pero no con él. No abiertamente, por
lo menos. Porque en Cachemira todos conocen a Khurram.
Y sería un objetivo demasiado sensible.
Él, poco a poco, viajando sin parar, sigue sembrando la subversiva
idea de una independencia posible sin que se derrame ni una gota más
de sangre.
Sigue tratando de explicar las razones más hondas de un conflicto
cuyas raíces se pierden en los años. Sigue lucidamente
demostrando cómo, más allá de las excusas religiosas,
India tenga mucha más conveniencia en mantenerse un inmenso acueducto
a costo cero. El norte- este de India es un área
terriblemente seca. Cachemira, en cambio, es una fuente casi inagotable
de agua.
Es necesario e imperdible.
Teck, teck, teck.
Asyia es la mejor amiga de Khurram. Es una entre las mujeres más
valientes de Cachemira. También ella es periodista. Incansablemente,
también, desde la madrugada hasta la noche, sigue visitando a
las zonas calientes del conflicto. A llevar palabras de
consolación a los familiares de uno que
otro nuevo joven desaparecido o asesinado impunemente por la calle.
A llevar palabras de paz en las escuelas. A invitar a las mujeres de
Cachemira a que levanten la cabeza y revindiquen su papel. Asyia es
una mujer que no calla. Y al mismo tiempo que habla muy poco. No pierde
su tiempo en teorizar o proclamar al feminismo. Ella lo
vive y lo
construye a diario.
No pierde su tiempo jugando a la política. Diariamente
lucha con de sus acciones para tener algún día el derecho
a una nación, posiblemente a través de un voto y de la
expresión democrática del deseo de su gente y no con la
sangre de jóvenes desproveídos y desesperados derramado
con buena paz de las conciencias increíblemente inmaculadas de
políticos y empresarios que envían a otros a la masacre
mientras ellos ven a los ceros de sus cuentas bancarias aumentar sin
parar.
Teck, teck, teck.
20 de abril de 2004. Elecciones en Cachemira.
Se necesitan observadores que, desplazándose de aldea
en aldea, sin dejar que la omnipresencia del ejército indiano
y la situación de tensión que parece flotar en el aire
haciéndolo pesado e irrespirable, puedan garantizar el democrático
cumplimiento de las votaciones.
Khurram y Asyia aceptan, sin pensarlo demasiado.
Observar cómo se construye un Cachemira independiente con una
pequeña cruz sobre un papelito electoral es lo mejor que puedan
pedir.
Entonces, en un jeep proporcionado por las agencias internacionales
de cooperación, comienzan a recurrir cada esquina del país.
Teck, teck, teck. El ruido empieza a hacerse más rápido,
como si reflejara una creciente inquietud del alma. El recuerdo empieza
a fluir tempestuoso, rabioso, impotente y frustrado.
Teck, teck, teck.
Adelante del jeep hay tres tanques del ejército indiano. Es algo
habitual.
Improvisamente estos tanques dan la vuelta. Esto también es normal.
Lo hacen para romper los nervios. En realidad, no se van a ningún
lado
están patrullando para recordar indiscriminadamente
su presencia.
El jeep disminuye la velocidad por un rato, para facilitar la maniobra
a los tres monstruos de hierro antes de seguir por su propio camino.
Un segundo más tarde el jeep se sube de casi 8 metros del suelo,
estallando sobre una enorme mina.
Teck, teck, teck.
El fresco aire de Cachemira se vuelve quemante. Quema el aire. Quema
el jeep. Quema el sueño de un país independiente.
Y mientras todo se quema, Asyia grita. Grita su rabia. Grita su amor.
Repite sólo dos palabras: Khurram. Cachemira.
Khurram no puede ni gritar. Trata de moverse, de arrastrarse hasta donde
se encuentra Asyia. Pero no logra moverse. Tiene una pierna destrozada
y como
menos otras diez graves y hondas heridas. Khurram finalmente da un solo,
inarticulado, grito de rabia. Primitivo. La rabia de un hombre que no
puede hacer nada para ayudar a la mujer que quiere. Y la ve mientras
se muere, junto con su sueño de elecciones libres en un país
libre.
Obviamente, se hablará de accidente. Y será algo más
sencillo calmar a las protestas de la gente por haber tocado a Asyia
y Khurram.
Teck, teck, teck
El ruido ya tiene un ritmo endiablado, tiene el tiempo de la rabia,
del dolor y de la extrema frustración. Las imágenes son
tan vivas y nítidas que parecen actuales y no de hace un año.
Este año, en la misma fecha, centeneras de jóvenes, hombres
y mujeres, han salido pacíficamente a las plazas para conmemorar
la muerte de Asyia en un día que se ha nombrado como día
nacional de la solidariedad para Cachemira. Revindican además
el derecho a poder finalmente erigir un
monumento a la memoria de sus seres queridos, muertos o desaparecidos
en el difícil camino que lleva a la construcción de un
Cachemira libre.
Hace cuatro años, cuando trataron de poner la primera piedra
de dicho monumento, el ejército indiano la removió forzosamente
2 horas más tarde, hiriendo sin respeto alguno la dignidad de
las personas presentes.
Este año, cinco días después de la manifestación,
el abogado Parvez Imroz, representante de la local asociación
de familiares de desaparecidos, ha afortunadamente logrado salvarse
de un atentado en su casa.
Teck, teck, teck
sueños, recuerdos, esperanzas, rabia y
miedos.
Todo se confunde. Poco a poco el ruido vuelve a tomar un ritmo más
tranquilo y, poco después, comienza a bajar de intensidad, como
si estuviera alejándose en el espacio y en el tiempo.
Desvanece Cachemira, ya no sopla la brisa sobre el lago de la capital
de Cachemira que vendrá.
Reaparece Bagkok. Vuelve todo el calor.
A Bangkok debía estar presente el abogado Parvez para representar
a los familiares de los desaparecidos de Cachemira en ocasión
de la reunión general de la asociación de todos los familiares
de desaparecidos de Asia.
Pero Parvez en este momento no puede alejarse de la localidad secreta
en donde se esconde después del atentado, esperando que las medidas
difícilmente impulsadas por la comunidad internacional le aseguren
la protección o, por lo menos, el establecimiento del Estado
indiano por todo
lo que pueda pasarle a él o a sus familiares de hoy en adelante.
Parvez entonces no está y, en su lugar, con su mirada negra,
melancólica y orgullosa, es presente Khurram.
Khurram no calla. Kuhrram decidió no rendirse, no compadecerse
a si mismo por el resto de sus días por haber perdido su compañera
de vida y de lucha.
No se queja de haber perdido la pierna derecha y de haber sufrido 9
dolorosísimas operaciones para que le pusieran la prótesis
que tiene ahora.
Sigue viajando, contando, denunciando. Sigue soñando su Cachemira
libre y haciendo todo lo que está a su alcance (y a veces algo
más) para construirlo concretamente.
Khurram nunca contaría bajo la luz del día todo el dolor
y la amargura que lleva adentro.
Los hombres de Cachermira son demasiado orgullosos para escoger la simple
vía de la queja.
Por el día Khurram sonríe y lucha.
Por la noche
Khurram no duerme por las noches.
Durante las afosas noches de finales de mayo en Bangkok, Khurram no
logra quedarse en la cama. Los recuerdos gritan demasiado fuerte, la
tristeza ulula salvaje.
Y entonces, todas las noches, Khurram sale al patio, apoyándose
en su bastón de hierro para sustituir a la pierna que ya no existe.
Camina, camina.
Teck, teck, teck.
Deja que todo el dolor fluya en la noche afosa y tropical. Deja que
los recuerdos hablen.
Se dormirá sólo cuando aparece la madrugada al horizonte.
Para despertarse mañana, enseñar su maravillosa sonrisa,
apoyarse orgullosamente a su bastón de hierro y seguir caminando
hacia un Cachemira libre, donde ya no haya minas anti- hombre, ejércitos
que dan miedo y que
niegan la tierra y la libertad de un pueblo entero.
Un Cachemira donde jóvenes como él o Asyia no tengan que
arriesgar sus vidas para poder decir lo que piensan o sueñan.
Donde no se tenga que esperar la noche para poder contar libremente.
El camino es todavía largo. Pero Khurram y, como él, miles
de hombres y de mujeres, no se paran. Siguen caminando. Siempre para
adelante.
Aún si el precio es apoyarse a un bastón de hierro.
Teck, teck, teck.