Entre
papel y realidad habitan los números y una palabra
Fríos. Sin posibilidad de equivocación.
Los números son 37 millones, 67.000, 4.000, 49. Y la palabras
es simple, también escalofriante en su sonido definitivo: “positivo”.
O, en la versión femenina, que, dicho sea para fines de estadística,
es mucho más frecuente…”positiva”.
Entre papel y realidad, habitan con su eco que no me deja dormir por
las noches, dichos números y dicha palabra que borra la esperanza.
Junto con ellos, habita la lucha de quienes no se conforman y exigen
al Estado lo que de acuerdo con la ley, la constitución (siempre
papel, al fin y al cabo…) las autoridades prometen y garantizan,
es decir el tratamiento médico antirretroviarl gratuito. En otras
palabras el derecho a la salud, a la vida. A prolongar un poco su camino
en esta tierra.
El lunes pasado llegué a la oficina y en mi escritorio me topé
con un nuevo caso esperándome.
Otra vez Guatemala.
Empiezo a revistar los documentos anexados, tratar de entender a qué
alturas del partido estamos y qué es lo que podemos hacer. En
un momento dado, me llega a las manos un documento sencillo, que ha
cambiado mi semana. La copia del certificado de una muchacha de 23 años.
Nombre, apellido. Declara que no quiere que se comunique el resultado
de la análisis a ninguna otra persona y que tiene dos hijas.
Luego, perdida en el blanco desalentador del resto del documento, aquella
palabra.
POSITIVA.
Durante un largo rato he pensado que me iba a desmayar. No sé
todavía decir muy bien cómo fue. Simplemente me ha agarrado
una sensación de opresión al pecho, no he podido respirar
a lo largo de algunos segundos e me temblaron las manos.
Luego, n mi caso, el agobio se ha terminado. Ya que, aquel resultado
no era el mío.
Pero por aquella joven mujer y para 3.999 personas más como ella
en Guatemala, la pesadilla comenzada un mal día con aquel documento,
sigue sin parar a cada instante. E se empeora, toma formas y contornos
cada vez más trágicos.
Aquí viene el primer número: 4.000 personas que SABEN
de tener VIH o SIDA.
Pero en Guatemala, de acuerdo con los datos de las Naciones Unidas y
de los médicos que trabajan en el terreno para evaluar el estado
de salud de la población, los afectados por VIH/SIDA son 67.000.
En el mundo, justo para dar las dimensiones, se habla de 37.000.000
(si no tenéis ganas de contar los ceros, aclaro para que no haya
lugar a dudas, que se habla de treinta siete millones).
Un hombre que luego ha sido declarado unánimemente un genio,
dijo algún día que “todo es relativo”.
Desdichadamente, yo tengo algunos inconvenientes en entender la relatividad
de treinta siete millones de personas que viven con el destino marcado.
Para algunos, sobretodo los positivos al VIH, la ciencia hoy en día
ofrece muchas posibilidades de parara la enfermedad, de vivir de manera
digna y decorosa. Con miedo, claro está. Pero siempre de vivir.
Para esto, de todas maneras, es necesario que reciban los tratamientos
médicos adecuados, que se monitoree continuamente su situación
por personal médico entrenado y que se de la debida formación
para que se eviten los comportamientos a riesgo.
Después de una semana a recaudar datos para escribir mi petición,
me siento como para poder decir que estamos atrasados, COLPEVOLMENTE
atrasados, en todo el mundo, en esta lucha.
Pero siento de poderlo decir con hasta más razón en lo
que concierne a Guatemala.
Ahora bien, veamos el punto de todas las magníficas palabras
de papel, redactadas por señores, normalmente diplomáticos,
que vienen enviados por sus respectivos gobiernos , la mayor parte de
las veces sin tener la más mínima idea del tema sobre
el cual irán a hablar, pero agradecidos, según sea el
caso, de la ocasión de irse de viaje pagados a Nueva Cork o Ginebra.
Ya…bienvenidos al planeta Naciones Unidas.
Un planeta que vive sin tiempo y sin espacio. El planeta del papel.
Los mencionados elegantes señores y señoras, desde todo
el mundo, se encierran durante algunos días en amplias salas,
donde la presencia del “nombre” de todos los paises del
mundo da la ilusión de la democracia. Discuten, horas y horas,
de asuntos que la mayor parte de las veces ignoran con descarada felicidad.
Hasta se pelean. Y no se preguntan NUNCA qué pasa verdaderamente
afuera de aquellas salas. Pero se siente muy, pero muy buenos. Y toman
compromisos (pretendiendo no saber que luego nadie los respetará).
Hablan de objetivos del milenio.
Tan sólo para limitarnos al tema en cuestión, es decir
SIDA. El objetivo declarado es lo que sigue “contrarrestar y reducir
la propagación del SIDA”. Además, “reducir
la mortalidad de los menores de 5 años de dos tercios”.
Los mismos señores se sientan a una mesa y adoptan un entre los
documentos mejores que se hayan escrito nunca “compromiso global
de lucha al VIH/SIDA”. Sería demasiado complicado y aburrido
resumir a continuación todos los empeños asumidos. Baste
decir que existen plazos para 2003, 2005 y 2015. por ejemplo, “para
el 2005 reducir la difusión de VIH/SIDA entre las personas de
ambos sexos de edad comprendida entre 15 y 24 años del 25% y
de otro 25% entro el 2010”.
Hay 100 estupendos empeños de papel más, que no reproduciré.
Y, cada año, se han escrito otras palabras para acordar que se
habían suscrito dichos empeños. De vez en cuando alguien
se ha tomado también la pena de gastar un poco de papel para
decir que…dichos empeños están muy lejos de haberse
cumplido. Y se dice como si fuera un oscuro complot del destino
El destino, si es que hay, no tiene nada que ver.
Aquellos elegantes señores y señoras, han regresado a
sus respectivos países (o, si es que son miembros de las misiones
permanentes, desde sus oficinas en ciudad) y han escrito (papel, papel,
papel…) informes llenos de entusiasmo para sus jefes, contando
con detalles qué había pasado durante la reunión.
¿Y sus jefes? Si se les pregunta, te enseñarán
sonrientes los trozos de papel y luego, en una especie de competencia
internacional, se toman el afán de producir constituciones nacionales
que garantizan el derecho a la salud de todos y el tratamiento gratuito
para todos.
Luego, aquellos mismos jefes, en Guatemala, justo para empezar a acercarnos
a la realidad, adoptan un lindo decreto que impide la producción
en el país de fármacos genéricos a bajo costo para
el VIH/SIDA. Así que, dado que el Estado no le proporciona el
tratamiento gratuito a todos, si alguien quiere comprar el fármaco,
debe comprar él producido por la gran empresa farmacéutica
inglés o alemana.
Gastándose, para el tratamiento de un mes, lo que gana en un
año.
En la realidad, las 49 personas de las que sigo el caso, simple y llanamente,
NO pueden pagar aquellas medicinas. Y piden que el Estado respete lo
que con tanto empeño sus funcionarios han utilizado para ensuciar
papel internacional y guatemalteco.
Y… no.
Que se olviden. Que se olviden mis 49 (ya 45 ya que hace un año
y medio que tramitamos el caso y aquí ya se han muerto 4) peticionarios.
Que traten con un pedazo de papel. Que lo envien al tribunal constitucional.
Recurso rechazado. Ahora intentamos ante la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos que, por lo menos, ha ordenado al Estado, mientras
se decide la causa contra de él, de proporcionar el tratamiento
a dichas personas (medidas cautelares).
Normalmente, ya estará satisfecha con éste primer logro.
Pero no puedo serlo completamente, si es que soy honesta. No puedo cerrar
bien los ojos, por las noches, porque siento que estoy ahogando en el
papel.
También lo que yo le puedo ofrecer a estas personas es puro papeleo.
Ahora bien, desde un punto de vista estrictamente jurídico, tengo
material para asustar a cualquier juez. Tengo de mi parte convenciones,
pactos internacionales, declaraciones, códigos, constituciones…
todos dicen que mis 49 luchadores tienen razón. Teóricamente
deberíamos de haber ganado la demanda. Y, al ver tantos argumentos,
ellos también se dan el lujo merecidos de esperarlo, de creerlo.
Lo veo en sus ojos que se de pronto prenden de esperanza.
Pero, ¿cómo les explico que mi papel…muy probablemente
vaya a la basura?
Debería revelarles el misterio que está entre papel y
realidad: el derecho no es la justicia.
Simple, ¿no?
Ningún tribunal, nacional o internacional, escucha demandas que
pretendan proteger los derechos sociales y económicos. Los civiles
y políticos (vida, prohibición de torturas) de vez en
cuando se logran proteger.
Pero los sociales, son un tabú absoluto.
Ya sé. No me hago ilusiones. Porque darle la razón a mis
49 luchadores y luchadoras, significaría imponerle al Estado
gastos.
Y, esta clase de papel, no se entiende bien por qué, a cualquier
latitud, NO se considera oportuno (a menos que no sea para comprar armas,
claro está).
Mientras escribo, tengo en frente mío todos los documentos recopilados,
mis infalibles argumentos. Y sé que todo se estrellará
en contra de realidades elementales.
Las que veo, por ejemplo, en el futuro de los 39 hijos e hijas de las
personas que defendemos.
Serán 39 huérfanos. Con todo lo que esto implica.
Si luego quiero ser completamente honesta y considero el promedio de
la edad de las mujeres del caso, sé que, antes de que la muerte
se las lleve, darán a la luz otros hijos e hijas. La transmisión
madre-hijo, si se cuida debidamente a la madre antes, durante y después
del parto, se puede evitar en el 60% de los casos. No es poco, ¿os
parece?
Pero mis mujeres no reciben ni la sombra de los que se necesitaría.
Así que, a la hora, darán a la luz futuros cadáveres
que caminan. Una generación de enfermos (dichos números
han que multiplicarse por la mitad de los 67.000 enfermos reales o,
si es que tenéis el estomago y el coraje, por la mitad de los
37 millones en el mundo).
Papel…. El único papel que verán dichos niños
y niñas será él que dice “positivo”
o “positiva”.
No sé cuanto tiempo tendrán para vivir. Pero si sé
que todos sabrán la distancia que existe entre papel y realidad.