Yo hablo en nombre de...

Esta mañana, a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (San José, Costa Rica), han llegado dos hombres y una mujer.
Los hombres eran bajos, con claros rasgos mayas, y la mujer, aún más baja, llevaba una camiseta tradicional.
Estos hombres, por primera vez en 22 años, han contado.
Imagínense una aldea de Guatemala. Un domingo. 18 Julio de 1982.
Día de mercado.
Improvisamente llegan dos brigadas del Ejército. Entran al pueblo y dejan dos vehículos para que bloqueen la carretera que sale de la aldea. En Plan de Sánchez viven indígenas de etnia Maya Achi.
Están desdichadamente acostumbrados a ver al ejército. Tienen miedo.
Sobre todo porque no entienden qué quieren de ellos los hombres uniformados que, a ratos, hablan sólo castellano y no Achi.
Es tiempo de batallas entre guerrilla y ejército regular.
Entonces, las mujeres, cuando ven llegar a los militares, piensan que los jóvenes y los adultos varones deben esconderse, porque a ellos son a los que buscarán.
Y los jóvenes y adultos obedecen y se esconden.
Pero los militares empiezan a hacer una cosa rara.
Cogen sólo a mujeres, niños y ancianos.
A los ancianos (guías espirituales de la comunidad y los que enseñan tradiciones y costumbres desde una generación a otra) se le dispara matándolos casi de inmediato.
Las mujeres son llevadas todas a una casa, a excepción de las que tienen entre 14 y 18 años, a las que meten en otro edificio.
Los jóvenes y los adultos, mientras tanto, permanecen escondidos. Pero escuchan los gritos.
En un primer momento matan a todas las mujeres adultas. Las matan con disparos y luego sus cuerpos son desmembrados. Después los soldados prenden fuego al edificio y se van a la casa donde están las mujeres jóvenes.
Las violan a todas, una y otra vez, y luego las matan, de la misma manera que a las mujeres adultas.
Mientras tanto, los jóvenes y adultos permanecen escondidos y siguen escuchando todo.
En fin, es el turno de los niños.
No es suficiente matarlos. Es necesario hacerlo con brutalidad.
Acaban con sus vidas batiéndolos contra una pared una y otra vez, hasta que mueran.
Gritos, llantos.
Y los hombres, los jóvenes, y las pocas mujeres supervivientes de la masacre siguen escuchando.
Luego, sólo el silencio.
Aquel día, en Plan de Sánchez, murieron 268 personas.
Cuando los soldados, ebrios y satisfechos de su resultado, se fueron, los superviviente permanecieron un buen rato escondidos, temblando, sin poder reaccionar a lo largo de horas. Hasta la mañana siguiente, que salen a la luz del día.
Vuelven los militares y apuntan los fusiles a las cabezas de los hombres mayores para que hagan una fosa y tiren todos los restos (trozos de cuerpos), y los entierren en tres horas, amenazándolos con que si no acabarán de la misma manera que sus seres queridos.
Para la comunidad Maya Achi, el entierro es un momento fundamental. Cuando alguien muere, el cuerpo es bañado, arreglado y vestido con la mejor ropa mientras en casa se prepara un velatorio con velas y flores que dura toda la noche.
Toda la comunidad participa, y luego, los miembros "más importantes y mejores" son elegidos para llevar el cuerpo del fallecido a su tumba, donde se enfrentará con la madre tierra.
Durante los dos días siguientes, se canta y se comen comidas especiales en honor del muerto.
Luego, después de 9 días (inicialmente eran 7, pero la "cultura católica" ha impuesto el novenario...) se concluye el ritual con toda la comunidad.
Todo este procedimiento, para lograr una relación continua entre vivos y muertos, se repite un año siguiente, 7 años después, 14 años después y 21 años más tarde.
Esto consigue que la madre tierra sea honrada como se merece y que las nuevas generaciones no pierdan sus raíces y la conciencia histórica.
En lugar de 21 años, 3 horas. Con un fusil apuntando a la cabeza. Aquel fusil, quizás no mató a los hombres, pero sí mató su cultura, sus más intimas creencias.
Desde aquel día debieron abandonar su comunidad, esconderse en las montañas de los alrededores durante los tres años siguientes y, una vez que pudieron regresar, fueron forzados a entrar en el ejército. Junto con los que eran los asesinos de sus seres queridos.
Durante 22 años estas personas han perdido el derecho a hablar.
El derecho a contar esta masacre.
Porque si lo hacían los matarían.
Hasta hoy ningún procedimiento interno en Guatemala ha intentado averiguar quiénes fueron los responsables.
Más bien, multiplicar dicho horror por 628 masacres.
En Guatemala, en poco más de 20 años, 250.000 Mayas han sido asesinados, por el sencillo hecho de ser Mayas. 45.000 personas han desaparecido en la nada.
En el silencio.
Silencio después de gritos y llantos.
Hasta hoy, cuando han llegado frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para contar por primera vez esta historia estos tres pequeños grandes hombres.
Ellos no han decidido venir. O, mejor dicho, no lo han decidido solos. La comunidad entera, que está intentando juntar los pedazos de lo que ha sido, se ha reunido y ha elegido a quiénes debían contar a todos su historia abandonada y olvidada.
Y han venido estos tres. Que hablaban Achi, hasta cuando, con 18 años, debieron aprender a la fuerza castellano.
Pero siguen luchando, no obstante, contra el miedo y el terror.
A la pregunta de "¿qué significa para Usted la tierra?", el primer testigo ha contestado, algo sorprendido; "La madre sagrada". A este hombre le mataron 18 familiares aquel día, en Plan de Sánchez.
El segundo testigo, con un orgullo increíble en los ojos, ha dicho: "Para mi no han pasado 22 años. Me han matado a 8 familias. Y siento como si los hubieran matado hoy a la mañana. Hasta hoy no he podido contar nada".
Pero, la testigo que jamás olvidaré ni conseguiré quitarme de la cabeza y del corazón, es esta pequeña mujer.
Se llama Narcisa Corazón.
Cuando se perpetraron los hechos, tenía 5 años.
Asesinaron a su mamá, (por cierto, a su padre lo habían matado pocos meses antes), a su hermana y a todos sus primos y primas.
Ella se quedó sola.
Tuvo que sobrevivir, aprender castellano, trabajar en una casa como "esclava", si consideramos los horarios que tenía y las condiciones de vida que tuvo que soportar.
Intentó ahorcarse.
Pero luego comprendió que tenía una lucha que llevar adelante. Esta.
Con la dignidad de una señora, con su ropa tradicional y su mirada firme, ante jueces, abogados y público, se ha bebido un trago de agua, y ha declarado: "Si ustedes hubieran vivido lo que me ha tocado a mí, aún sólo por un minuto, no habrían aguantado.
Señores, yo no vengo a perder el tiempo. Yo he aceptado vivir una vida que ya no tenía sentido para mí sólo para llegar un día a contar esta historia.
Para pedir y obtener justicia.
Pero recordad que no la pido sólo para mí o sólo para Plan de Sánchez. La pido para toda la raza Maya.
Yo, hoy, hablo en nombre de toda la raza Maya, y pido respeto.
Y pido que nos reconozcáis, que no olvidéis nuestra historia”.
El representante del Gobierno de Guatemala ha permanecido callado un rato.
Luego públicamente ha pedido perdón.
Ha reconocido todas las responsabilidades internacionales y ha aceptado cualquier medida de reparación que la Corte estimara procedente.
El Estado de Guatemala hoy reconoce que ha sido responsable de genocidio y está intentando reparar daños.
Una mujer que a mí no llega ni al pecho ha contado todo este horror. El horror de 345.000 víctimas olvidadas.
Durante los próximos días la Corte emitirá la sentencia.
Y ya puedo decir que será dura.
Yo, a vosotros, os hablo en nombre de Narcisa Corazón.
Esta mujer, en su apellido, llevaba ya escrito su amargo destino.
No olvidemos.
Estas es una historia triste, pero merece ser contada.
Escuchándola, se desprende que cada vez que esta historia sea contada o recordada, será como recuperar un trozo de los pobres restos destrozados en Plan de Sánchez.
Yo os la cuento a vosotros, en nombre de Narcisa Corazón.
En nombre de la raza Maya Achi.