25 años de la matanza de la Universidad de San Carlos de Guatemala

Discurso de Ruth del Valle, exdirigente estudiantil
universitaria y actualmente defensora de los derechos humanos, en el acto con el que se inició la conmemoración de los 25 años de la matanza de estudiantes, profesores y funcionarios de la Universidad de San Carlos de Guatemala; dirigentes sindicales y campesinos; miembros de organizaciones populares, periodistas y defensores de los derechos humanos. Además fue presentada una agenda que recuerda sus nombres y las circunstancias de su muerte o su desaparición. Está ilustrada con las hermosas fotos de Mauro Calanchina -que guardan las imágenes de las protestas, los sepelios y el dolor vividos-, los retazos de pinturas y murales de destacados artistas guatemaltecos y los poemas de un puñado de escritores que con sus palabras desafiaron al poder vestido de uniforme.

Guatemala aún sangra por heridas profundas que no sanarán mientras no haya justicia.


Hace 25 años...

Mil novecientos ochenta parece lejano en la historia, pero fresco en la memoria de quienes vivimos ese año trágico para Guatemala. La política terrorista de Estado, superó todos los records de represión de los gobiernos militares. Los delitos cometidos por el Estado, el gobierno de Lucas García y personajes como Donaldo Alvarez Ruiz, Gemán Chupina Barahona, Pedro García Arredondo y Manuel de Jesús Valiente Téllez, contra la vida, la dignidad y la seguridad de la población en aquel año, no sólo constituyen una marca macabra en las páginas de nuestra historia, sino han tenido graves consecuencias que se manifiestan cotidianamente en el comportamiento de los guatemaltecos.
Aún hoy, 25 años después, las repercusiones humanas, políticas, sociales e institucionales y los estragos provocados por una política bestial de exterminio, no han sido superados y son el reflejo de esa realidad que vivimos y que seguimos luchando por transformar.
Durante los largos y aciagos 366 días del año de 1980, cientos de jóvenes y adultos, hombres y mujeres, estudiantes, obreros, campesinos, pobladores, soñadores y constructores de un mundo nuevo, fueron perseguidos, detenidos, torturados, desaparecidos, ejecutados extrajudicialmente y millares obligados al exilio para salvar la vida. Nuestro país y nuestra sociedad perdieron un par de generaciones.
Desde antes, los espacios políticos se habían ido cerrando violentamente, pero en 1980 se atacó abierta e indiscriminadamente cualquier indicio de oposición. La estrategia contrainsurgente fue planificada para descabezar al movimiento social y popular y exterminar a la inteligencia del país, para que cuando hicieran la represión en el campo, ya no hubiera voces de protesta que se levantaran ni organizaciones articuladas.
Por eso, el movimiento social buscó otras formas de lucha respondiendo al terrorismo de estado, de sobrevivencia, con una clara oposición al régimen represivo y genocida. En medio de esa vorágine, fueron constantes las manifestaciones populares, ya sea demandando el aparecimiento con vida de algunos líderes detenidos, protestando por los asesinatos, demandando reinstalaciones laborales, exigiendo la no injerencia de las transnacionales o planteando el derrocamiento del gobierno militar, represivo y pro imperialista.
Quienes vivimos ese año nos negamos a olvidar a los compañeros y compañeras que, desde el aula o la fábrica, la calle o la oficina, el campo o la ciudad, levantaban las banderas de lucha, hacían propuestas y protestaban por la injusticia social y la represión que vivíamos, buscaban formas de solucionar los problemas. Las propuestas eran innovadoras, revolucionarias, con espíritu de cambio y de fortalecimiento de la sociedad. Esos jóvenes, esos trabajadores, campesinos o periodistas, buscaban la justicia y una vida digna para los guatemaltecos y guatemaltecas, en otras palabras, querían garantizar el futuro de las nuevas generaciones, construyendo una nueva sociedad y transformando las bases del estado terrorista, excluyente, discriminatorio y racista.
En los años anteriores a 1980, la unidad popular y democrática alcanzó niveles sin precedentes con la creación del Comité Nacional de Unidad Sindical –CNUS-, el Frente Democrático contra la Represión –FDCR-, el Comité de Unidad Campesina –CUC-, el Frente Nacional Magisterial –FNM-, el Comité de Entidades de Trabajadores del Estado –CETE-, entre otros, que libraron importantes luchas y recogieron las principales demandas de la sociedad.
Lo más granado de la dirigencia obrera fue atacado cuando la Central Nacional de Trabajadores –CNT- fue allanada el 21 de junio y secuestrados 27 de sus principales dirigentes. Fueron secuestrados otros 17 dirigentes el 24 de agosto en la Finca Emaús, Escuintla. Otros líderes sindicales, como Edgar Aldana y José Luis Jácome Pinto, también fueron ejecutados extrajudicialmente. El movimiento campesino también recibió un golpe fuerte con la Masacre de la Embajada de España, donde murieron 19 campesinos, un obrero, un poblador y cuatro estudiantes, cuando se demandaba el cese de represión en el norte de Quiché. Fue un crimen que no tiene nombre y nadie, pero nadie, puede justificar semejante bestialidad, sin convertirse en cómplice directo de la dictadura de Lucas García. La Iglesia también perdió a varios de sus mejores hijos, entre sacerdotes –como Conrado de la Cruz, Walter Woordeckers y José María Gran Cirera-, catequistas –como Vicente Menchú- y laicos comprometidos que en la ciudades, las aldeas y caseríos fueron perseguidos y asesinados por asumir el compromiso del evangelio.
La Universidad de San Carlos de Guatemala respaldó y apoyó las luchas populares, por lo que fue acusada por las autoridades de ser “reducto y semillero de guerrilleros”. La USAC fue protagónica en la lucha antiimperialista, en la denuncia de los abusos y la represión, en la asesoría y orientación a los campesinos y sindicalistas. De ahí se derivó la represión y los ataques de que fue objeto. Profesionales valiosos dejaron sus vidas en esta lucha, como Hugo Rolando Melgar, Horacio Flores, Jonhy Dahinten, Julio Alfonso Figueroa, Carlos y Edna Figueroa, Felipe José Mendizábal, Julio Ponce, Rita Navarro, Guadalupe Navas, los periodistas Belte Villatoro, José León Castañeda, Chus Marroquín, Irma Flaquer , Marco Antonio Cacao, la escritora Alaíde Foppa.
La Asociación de Estudiantes Universitarios “Oliverio Castañeda de León” –AEU-, estaba presente en todas las movilizaciones y propuestas Y unía su lucha, a la de sindicalistas y campesinos. Jóvenes promesas del futuro también entregaron sus vidas, como Julio César del Valle, Marco Tulio Pereira, Iván Alfonso Bravo, Cándida Rosa del Valle, Rafael Urcuyo, Alejandro Cotí, Gustavo Adolfo Hernández, Mario René Matute, Julio César Cabrera, Marco Antonio Urízar, Dwight Ponce, Ana María Mendoza y muchos más. Las fuerzas represivas se ensañaron contra la juventud, incendiaron la sede la AEU, ametrallaron a los estudiantes que bajaban de un bus y tiraron en el campo universitario el cadáver de Gregorio Yujá Zona, sobreviviente de la masacre de la embajada de España. El dolor y la indignación abarcaron a la comunidad universitaria abatida como una fuerza enemiga del Estado, que segó la vida de extraordinarios líderes, talentosos catedráticos, honorables y visionarias autoridades, ciudadanos y ciudadanas con dignidad.
Los revolucionarios y revolucionarias asesinados y desaparecidos en 1980 dejaron un legado imborrable que debe servirnos para construir hoy un país justo y humano, donde la equidad y la solidaridad prevalezcan en las formas de vida. La entrega de quienes cayeron en aquellos años, no puede quedar en el olvido. Las mujeres y los hombres de ayer y de hoy necesitamos conocer y desarrollar sus aportes a la lucha incansable del pueblo de Guatemala.
Por eso, nos hemos reunido hoy para dignificar a los héroes y heroínas, para mantener el recuerdo de nuestros familiares y amigos y contribuir a la reconstrucción de la memoria histórica de Guatemala, recuperando la esperanza, los sueños y los anhelos de nuestros mártires. De aquellos que, no sólo creyeron que otra Guatemala era posible, sino que lucharon por ella y ofrendaron su vida.
Creemos firmemente que conocer nuestro pasado nos servirá para construir un futuro mejor, una Guatemala plena de justicia, donde la paz y la democracia no sean sólo sueños, donde se respeten los derechos humanos. También creemos que si ignoramos el pasado, sólo nos condenamos a repetirlo.
Por eso gritamos NO, no se vale olvidar, no podemos dejar de exigir justicia.
Estamos aquí porque creemos que aquellos hombres y mujeres que dieron su vida, su juventud y sus energías por erradicar la miseria, la opresión, la explotación y la injusticia, merecen que su memoria sea exaltada, que sus anhelos y propuestas sean reivindicados, que sus sueños se levanten nuevamente... porque siguen vigentes y, tanto como ellos, están presentes en nuestra lucha.
No importa dónde estábamos en el fatídico año de 1980, toda vez no estuviéramos sirviendo a quienes se ensañaron contra el pueblo y asesinaron a lo más preciado que una sociedad tiene, a la juventud.