¿Dónde se esconde la riqueza?

“Los pordioseros se arrastraban por las cocinas del mercado, perdidos en la sombra de la Catedral helada, de paso hacia la Plaza de Armas, a lo largo de calles tan anchas como mares, en la ciudad que iba quedando atrás íngrima y sola.
La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a dormir en el Portal del Señor sin más lazo común que la miseria”.
Con estas palabras Miguel Asturias, guatemalteco premio Nobel de la literatura, describía excelente y amargamente las calles de Ciudad de Guatemala y su dura vida en 1946.
Han pasado más de cincuenta años, Guatemala ha conocido el horror de una represión culminada con 250.000 muertos (en su casi totalidad Maya) y alrededor de 45.000 desaparecidos en 30 años. Hoy tiene un presidente democráticamente elegido y muchas ganas de salir adelante, pero, desdichadamente, el mismo Portal del Señor, sigue amparando mudo las historias de los pequeños pordioseros de Ciudad de Guatemala.
Según un estudio de UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas por la Infancia), en el mundo hay 100 millones de niños que viven en las calles, de los cuales 40 millones en América Latina.
Entre 5.000 y 6.000 (la cifra exacta es particularmente difícil de determinar) niños y niñas de edades entre los 5 y los 14 años viven o, mejor dicho, sobreviven, en las calles de Guatemala.
Sobrevivir a la calle (la cual conlleva desnutrición, enfermedades y dependencia de drogas y alcohol entre otros riesgos) es quizás más complicado en la ciudad reconocida como la más peligrosa de Centro América, donde hay un promedio de 9 muertes violentas diarias, las furgonetas (aún si transportan sólo comida) circulan con un hombre fuertemente armado a lado del chofer, hay una continua “emergencia” de guerra de “maras” (pandillas juveniles), debido a la cual el mismo presidente declara de sentirse más un bombero que un gobernante.
En todo esto miles de niños y niñas afrontan cada día y cada noche esta lucha, intentando escapar a los “tres puntos cardinales” que los mareros se tatúan: cárcel, hospital y cementerio.
Afortunadamente, aún si en un número todavía demasiado bajo de casos, hay también otras salidas. Un ejemplo es la puerta abierta de una organización non gubernamental que se llama Casa Alianza. Casa Alianza fue creada en Guatemala en 1981 para ocuparse de los niños huérfanos víctimas del conflicto interno que devastó el país hasta el 1996, pero fue variando sus funciones con el tiempo hasta tomar como misión principal la protección y rehabilitación de los niños de la calle.
Tres son los programas específicamente dedicados al tema: programa de prevención, programa ambulatorio y comunidad.
Para conocer el día a día del grupo de profesionales que trabajan en Casa Alianza, hay que llegar a su oficina, en una zona periférica de Ciudad de Guatemala: un edificio protegido por guardia, alarmas y rejas. Por lo muy absurdo que pueda parecer, declararse públicamente en favor de los niños y de sus derechos, siempre y a cualquier costo, ha significado amenazas, denuncias y atentados.
No obstante eso nos acogen personas tranquilas y sonrientes, que transmiten optimismo, fuerza y serenidad: los chicos del programa ambulatorio y del programa de prevención y, con ellos, un voluntario vasco que pasará el verano allí.
Es una frase de éste último (que se ocupa de niñez de la calle también en España) que marca el comienzo de la experiencia de la calle guatemalteca: “En Europa hacemos de todo para esconder la pobreza, aquí se esconde la riqueza”.
Es un hecho que, en Guatemala, el 2 por ciento de la población posee el 80 por ciento de la tierra cultivable y el 70 por ciento de la población vive en condición de extrema pobreza.
Con una furgoneta repleta de juegos caseros, colores y mucho entusiasmo, nos dirigimos en un barrio de Ciudad de Guatemala. La “escuela móvil” aparca en una cancha de basketball justo en frente de la comisaría de policía: todavía no han empezado las actividades y una niña que aparenta unos 12, 13 años llega corriendo y llorando a moco suelto para pedir ayuda en la comisarías porque el padre, que está borracho, está pegando a los hermanitos. Los policías van, comentando desilusionados que ya saben cómo se acaba esta historia: en unas pocas horas la madre de la niña vendrá a recogerlo, negando cualquier acusación. En un barrio popular de Ciudad de Guatemala una mujer no vive sola. Menos con tres hijos.
Todavía abrumados por el impacto de ver esta niña que, en vez de estar en la escuela, está creciendo con demasiada velocidad, se comienza un recurrido por los callejones sucios y polvorientos del barrio, que es un cumulo de cemento gris y tierra “agarrado” a un cerro (hasta que una lluvia suficientemente fuerte no se lleve una que otra chabola), para avisar a los niños que en unos cuantos minutos empezará la actividad.
En un primer momento la reacción, más de los niños mismos que de las madres o de las abuelas (conste que a esta hora no se ve a hombres en los hogares), es de desconfianza, casi que la palabra “juego” fuera algo desconocido y peligroso.
Lentamente, de todas formas, se va llenando la cancha al ritmo de una canción entonada por los voluntarios y los primeros niños “valientes”, con el efecto del flautista de Hamlin: finalmente se adunan alrededor de 20 entre niños y niñas de edades incluidas entre los 3 y los 11 años.
Canciones, actividades creativas (dibujos y juguetes), pruebas elementales de matemáticas y de alfabeto: el aire suena a risas, fiesta, mientras los niños y las niñas van aprovechando lo que naturalmente sería un espacio suyo – es decir la calle- en la forma positiva. Retoman su dimensión: el juego y la diversión.
Y aprenden que pueden hacerlo con medios que estén a su alcance, porque la política de Casa Alianza es utilizar sólo los recursos que los niños ya tengan, para que luego no se generen frustraciones.
Son horas encantadas.
Cuando la actividad se acaba, los niños vuelven a sus hogares después de un espectáculo de títeres (sumamente apreciado) en el cual un dragón y un simpático pez les han enseñado la importancia de la higiene personal diaria.
La sensación es de optimismo, serenidad: los niños saben que Casa Alianza volverá en los próximos días y, hasta entonces, se quedarán con unos buenos recuerdos, con nuevos juegos y el mensaje que la calle puede ser un otro mundo posible donde no necesariamente se dispara o se arriesga, sino más bien donde con fantasía y voluntad se puede hasta volar con un viejo paracaídas traído por Casa Alianza.
El programa de atención ambulatoria es un proyecto no residencial integrado por educadores que realizan recorridos en los cuales se desarrollan e implementan estrategias de prevención y reducción de daño con la población que vive en la calle: esa es la forma mediante la cual se contactan los niños, las niñas y las madres adolescentes que viven las situaciones de más alto riesgo y se les cuenta de la existencia de las comunidades en las cuales, si quieren, pueden ingresarse para seguir un camino de recuperación, desintoxicación y fortalecimiento en tres etapas.
En estas comunidades se encuentra una población de edad incluida entre 12 y 18 años, que viene de experiencias de violencia, maras, dependencia y explotación sexual o laboral.
El ingreso, como dicho, es voluntario y el camino que lleva desde el primer hasta el tercer nivel es largo (casi dos años) y complicado, tanto que muchos no aguantan y escapan para luego volver a intentar.
Los niños, las niñas y las madres adolescentes que combaten esta batalla para salir adelante garantizándose un futuro digno son actualmente alrededor de 80. Cada uno un mundo. Una historia compleja reflejada en ojos negros brillantes. A veces de lagrimas y sufrimiento. En la mayoría de los casos del deseo de cambiar, de conseguir la meta.
Hay la pequeña Brenda que, aún si aparenta unos siete años tiene quince y ha sido maltratada por los padres. Aquí está aprendiendo a manejar sus emociones, sus reacciones. A quererse a si misma, pese a que los que tenían que cuidarla la hayan decepcionado por completo.
Hay dos muchachos de los cuales es complicado saber la verdadera edad (el mayor dice que 6 y 3 años) y la real relación familiar. Lo que se sabe es que el mayor se había escapado de la casa para sustraerse a golpes y malos tratos yendo a vivir en la calle y dejando atrás a un hermano menor.
La vida de la calle, además de todos los riesgos ya numerados, es caracterizada por un patrón común: la soledad. El niño, no pudiendo aguantar la soledad, un día regresó en su barrio. Vio a otro niño que le pareció el hermano menor perdido y se lo llevó a la calle consigo, cuidándolo hasta que no ingresaron los dos a Casa Alianza. El menor no habla castellano, sólo quiché. Ambos, en cuanto se pueda, serán trasladados a otro hogar, porque Casa Alianza normalmente sólo acepta a jóvenes que tengan como menos 12 años.
Hay muchos otros mundos, muchas historias.
Víctor, el hondureño que sale, como muchos, de una mara. Actitud de líder y, al conversar a solas con él, una timidez conmovedora.
Gabriel, el viajero, que quiere conocer el mundo, ha intentado de irse a Estados Unidos como “mojado” (clandestino) y tiene las cicatrices de los dos balazos remediados.
Juan, por otro lado, se conforma con el conocer su lindo Guatemala y sueña con poder volver a estudiar sin que lo atrapen otra vez entre la vida de mara y las drogas.
William que, como todo niño de la tierra, sueña con ser un futbolista conocido, recurrir el mundo, como menos hasta Egipto.
Una tarde con estos chicos llena el corazón y el alma. De sus tristes historias, de sus cuentos amargos, de sus esperanzas y de sus legítimos sueños.
Algunos, desdichada cuanto realmente, volverán a la calle. Al triángulo fatal que los tres puntos tatuados les recuerdan a casa instante: cárcel, hospital y cementerio.
Otros conseguirán lo que persiguen y encontrarán una salida.
Es cuando se cierra a nuestras espaldas el cancel de la finca que alberga estos jóvenes que se encuentra la respuesta por lo menos a una de las muchas preguntas que nos han llevado aquí.
¿Dónde se esconde la riqueza de Guatemala?
Una parte está en villas celadas detrás de parques inmensos y protegidos por rejas y muchos guardas.
Pero es la riqueza ilusoria.
La riqueza verdadera, el futuro, la inversión que puede sacar el País adelante se encuentra en sus niños y niñas.
En sus historias, desde el sufrimiento hacia el rescate.
Desde cómo los cuidarán el Gobierno y sus familias depende el futuro.
Desde ellos depende mañana.
Entretanto, en la sombre de la Catedral, la noche sigue reuniendo los pordioseros al mismo tiempo que las estrellas.
Pero, además del lazo común de la miseria, hay un lazo aún más fuerte.
Los sueños.
Otras actividades de Casa Alianza en Guatemala
- ∑Búsqueda y reencuentro familiar
Es el programa encargado de investigar y localizar el paradero de las familias de los niños y niñas que fueron víctimas del conflicto armado interno en las décadas de los ochenta y de los noventa. De los 45.000 desaparecidos en el periodo del enfrentamiento, la Comisión de Esclarecimiento Histórico ha establecido que el 11 por ciento son niños y niñas (en la casi totalidad de etnia Maya), la mayoría de los cuales durante los años más intensos de brutalidad (1979-1984).
Las razones por las cuales estos menores fueron desaparecidos fueron sobretodo dos: por un lado se desaparecían a niños pertenecientes a familias consideradas “guerrilleras” en razón de represalia y amenaza. Por otro lado, en la mayoría de los casos, se llevaban niños de edades incluidas entre 0 y 9 años que venían vendidos en el flórente mercado de las adopciones internacionales ilegales. En este último caso es posible todavía hoy en día establecer el paradero de estos niños y ponerlos en contacto de sus familias originarias. Casa Alianza junto con otras 7 ONG conforma la Comisión Nacional de Búsqueda que se ocupa de localizar los menores y del siguiente reencuentro familiar: desde el 2.000 ha solucionado 180 casos, en el 60 por ciento de los cuales se ha establecido una relación estable con la familia de origen. Muchos de los niños han sido adoptados en Italia y España, por lo cual, sería sumamente interesante si quién lee y podría responder a los requisitos (o sea ser de origen guatemalteco y tener alrededor de 25 o 30 años) se pusiera en contacto con la oficina de Casa Alianza.
El programa se puede considerar exitoso, juzgando el entusiasmo y la felicidad de las familias y de los menores beneficiados.
Otro resultado sumamente positivo, por otro lado, es que se está dando publicidad a situaciones trágicas olvidadas y calladas a lo largo de 20 años: la sociedad está aprendiendo a hablar, recordar, levantar la cabeza y, en algunos casos, a ver un final positivo.
- Programa Legal
Promueve y defiende los derechos de los niños, niñas, adolescentes y madres adolescentes a partir de su conocimiento y aplicación. Para ello, el programa actúa en la prevención y procuración de problemas relacionados con drogas y calle, adopciones, explotación sexual y laboral, violencia, jóvenes en conflicto con la ley penal y migración.
Además incide en que el Estado asuma la responsabilidad de defender, promover y procurar la integridad de los derechos de los menores.
Para saber más: www.casa-alianza.org
Casa Alianza Guatemala
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