Perú,
Lima. Desayunos en la Luz
Jueves, vigésimo segundo día en Perú y la cuarta
vez que aterrizaba en el aeropuerto de Lima. Esta vez llegaba desde
Iquitos, la ciudad más grande del mundo sin conexión por
carretera, enclavada en la selva a las orillas del Amazonas, con un
clima extremadamente cálido y húmedo.
Comenzaba la última semana de un intenso viaje por uno de los
países más variopintos que me había topado jamás.
Sorprende su variedad geográfica, con partes de selva, sierra
y playa; su historia colonial e incaica; la amabilidad de sus gentes,
con formas de ser y costumbres tan dispares como los paisajes donde
habitan. Un país increíble que uno no debe perderse.
Regresaba a Lima con la intención de conocer y compartir los
quehaceres de Inti (sol en quechua), una humilde ONG fundada hacía
ya 10 años por el padre Santiago, párroco de la localidad
pontevedresa de Gondomar.
Del aeropuerto me dirigí directamente al barrio de San Miguel,
donde Inti tiene su sede, una modesta casa en la que se imparten talleres
de capacitación a mujeres sin recursos, se pasa consulta médica
gratuita, y donde me iba a alojar durante los próximos días.
Begoña de Anta, ex directora de Inti, me había insistido
mucho en la conveniencia de conocer a Luz María, una mujer muy
especial que no debía perderme. Gracias a este valiosísimo
consejo y a través de Marlén, responsable de Inti en Lima,
había concertado una cita con Luz María, para acompañarla
en lo que para mi siempre será “Los desayunos en la Luz”,
una de las experiencias más emotivas e intensas que he vivido
hasta el momento.
Luz María es una mujer de 58 años que pasó de ser
millonaria a rozar la pobreza, cambiando radicalmente su forma de pensar
y sentir. Desde hace ya algunos años es una devota religiosa
que dedica gran parte de su tiempo y dinero a ayudar a los más
necesitados.
Antes de conocerla en persona tuve la oportunidad de hablar con ella
por teléfono, una conversación corta a modo de presentación,
en la que ella, con preguntas sutiles acerca de mi edad y de mis vivencias,
trató de averiguar si estaba preparado para lo que iba a ver
y vivir con ella.
A las 4,15 de la madrugada Luz María pasó a recogerme
en su furgoneta. La acompañaban Manolito y Richar, el primero
es su hijo adoptivo, venido de la calle, un antiguo piraña, listo
y fuerte, y como ella dice, un regalo de Díos. Richar es el más
pequeño de una familia demasiado numerosa y con demasiados problemas,
a la que Luz María ayuda para que todos salgan adelante. Luz
María se baja de la furgoneta para saludarme y me da un abrazo
y un beso de una intensidad y cercanía increíbles, parece
que nos conocemos de toda la vida y, en realidad, es la primera vez
que nos vemos.
Princesa, que así llama a su furgoneta porque dice que siempre
la reciben como tal, va cargada de bidones con Quaker (leche con avena,
nombrado así por una famosa marca de avena), y 1.400 bollos de
pan.
Empezamos nuestra ruta en la playa; en la playa pobre, sucia y descuidada;
donde tienen su residencia habitual al aire libre nuestros primeros
amigos, un grupo de sin techo que intentan sobrevivir mendigando, robando
o recogiendo botellas de plástico.
Estamos
en el Callao, una de las zonas más castigadas y peligrosas de
Lima. Aquí hablamos con Rosa, una chica de 25 años que
ya sabe como es la vida en la cárcel, siempre por pequeños
robos de poca importancia y necesarios para subsistir. Después
de un entrañable abrazo con Luz María, nos cuenta que
uno de sus compañeros no se levantará, ya que estuvo todo
el día anterior y lo que llevamos de noche (son las 4,35 de la
madrugada) con fuertes dolores de estómago. Le dejamos unos cuantos
litros de Quaker y bollos de pan para todos y nos vamos rápidamente
a hacia nuestro próximo destino: un puente cercano, debajo del
cual duerme otro grupo de amigos sin casa y sin recursos. Miguel se
levanta a recibirnos y a recoger el Quaker y los bollos para él
y para sus compañeros. Nos habla acerca del estado de su herida
de navaja en el pecho, y nos relata los hechos que la provocaron.
De aquí nos vamos hacia el centro, y de camino hacemos tres paradas
más para repartir nuestro ansiado desayuno. Primero a Rosa y
a sus dos hijas, abandonadas hace ya mucho tiempo por un padre y marido
que nunca ejerció como tal. Después damos unos bollos
a Juana, una señora mayor, que por vergüenza no quiere que
se le vea la cara, y mucho menos que la fotografíe. Un poco más
adelante paramos en la improvisada casa de cartón de Manuel,
que dedica su día a la recogida de botellas plásticas
para el reciclaje, tarea muy habitual entre los sin recursos de esta
ciudad.
En la Plaza 2 de Mayo damos de desayunar a un grupo de ciegos junto
a los cuales están dos niños de unos 12 o 13 años.
Uno de ellos no para de temblar de frío. Nos sorprende verlos
solos, y aparte de darles un desayuno caliente, les ofrecemos llevarlos
a algún sitio donde puedan atenderlos y alojarlos, pero se niegan
en rotundo.
Seguimos nuestra ruta y llegamos a la Plaza de Armas, que como en toda
ciudad Latinoamericana y como huella heredada de nuestros antepasados
españoles, representa el corazón de la misma. Aquí
saludamos a Juan, limpiabotas que agradece con una gran sonrisa nuestro
pequeña aportación a su comienzo del día.
Nuestra siguiente parada es en la Plaza de San Martín. Empieza
a amanecer, y aquí nos espera un grupo de sin techo de avanzada
edad. Luz María, antes de repartir el desayuno, se dirige a todos
a modo de líder espiritual, con palabras de ánimo y pequeños
consejos religiosos. Para acabar, y justo después de que los
más de 35 mendigos me saludasen al unísono, Luz María
nos pide a todos que cerremos los ojos y rezemos un Ave María
en voz alta, en pleno centro de Lima y amaneciendo, impresionante. Me
emociono una vez más, y ahora, realmente me cuesta mucho reprimir
mis ganas de llorar.
La siguiente visita es en un viejo edificio abandonado con las puertas
y ventanas tapiadas, donde duermen un grupo de chavales de entre 12
y 25 años, unidos por su afición / adición a las
drogas. Manolito, el hijo adoptivo de Luz, me dice que lo acompañe
a despertarlos, Luz dice que es muy peligroso, que me pueden robar la
cámara o hacerme cualquier cosa. Manolito insiste, diciendo que
son sus antiguos compañeros, y que con él no me pasará
nada. Yo entro sin dudarlo, me parece necesario conocer dónde
duermen, para entender cómo viven.
Entramos a través de un pequeño agujero en una ventana;
el lugar está lleno de basura y desprende un fuerte a olor a
orina mezclada con no sé qué. Nuestros amigos, que conviven
aquí con perros y ratas; mugrientos, con mal olor, mal aspecto,
pero con un gran respeto y cariño a la que ellos llaman hermana
Luz María.
Seguimos nuestra ruta hasta bien pasadas las 10 de la mañana.
Una historia tras otra, una vida tras otra. Demasiadas emociones en
poco tiempo. Tengo ganas de reír y llorar a la vez. Luz María
tiene una facilidad asombrosa para llegar al alma de la gente, una persona
muy especial.
Ahora pueden pensar que esto también lo hay en nuestras ciudades,
y es cierto, y es la otra realidad, la verdadera realidad. Gracias Luz
María.